Haití, el precio de la libertad precio

UNA HISTORIA DE INTERVENCIONISMO
No se puede comprender la dimensión de la catástrofe producida por el terremoto en Haití sin hacer un breve repaso por la historia reciente de este país antillano.
Eva Máñez
Martes 19 de enero de 2010.  Número 117  Número 118

Poco antes de viajar a Haití, hace un año, conocí a un trabajador de una agencia humanitaria. En el transcurso de una cena preguntaba cuál era el motivo por el que Haití era un estado dependiente de la ayuda internacional, ocupado e intervenido por la ONU. ¿Había algún recurso natural? ¿Algún interés oculto? Finalmente esta persona, que llevaba años viviendo en Haití, me confesó que todo era debido a que es una nación de descendientes de esclavos. Que los africanos eran “vagos y egoístas y no tenían los sentimientos de sociedad y superación de países como Canadá y EE UU”. Me quedé a cuadros.

Al volver de Haití seguía sin entender mucho de lo que había visto y fotografiado. Hambre, miseria, basura, cascos azules y una situación tensa, muy tensa. A veces en la calle alguien se te acercaba y te decía bajito “blank”, con rabia. Los periodistas extranjeros en el país vivían con un ojo puesto en los mapas de isobaras esperando el huracán y otro en los movimientos políticos esperando la revuelta. Continuaba haciéndome preguntas.

Leí a Noam Chomsky, al doctor Paul Farmer, estudios de ONG, informes, biografías y el maravilloso libro de C.L.R. James Los jacobinos negros. En la historia estaba la respuesta a tanto sufrimiento e intervencionismo. Haití estaba pagando caro el pecado de la libertad.

Cuando a la más rica de las colonias francesas llegaron los ecos de la toma de la Bastilla los esclavos comenzaron a desear para ellos la libertad, la igualdad y la fraternidad. Tras numerosas revueltas lograron la independencia frente a Napoleón en 1804, quien se encargó de dejar el territorio en ruinas antes de salir con sus tropas. Fue el segundo país de América que consigue la independencia, después de EE UU. Y el primero que abolió la esclavitud.

Desde ese momento, EE UU hizo lo que pudo por estrangular a Haití, temeroso de una nación de ex esclavos que pudiera ser un ejemplo para todos los esclavos e indígenas de América. Apoyó a Francia cuando obligó a Haití a pagar una indemnización por el crimen de su independencia, 150 millones de dólares-oro, una deuda descomunal para la época.

Presionados por ingleses, franceses y estadounidenses, y estrangulados por el pago de esa indemnización, los reyes, e incluso emperadores, se fueron sucediendo tumultuosamente hasta que el país fue invadido por EE UU en 1915. La causa de esta invasión: pacificar el país, cobrar las deudas del Citibank y cambiar una ley constitucional que prohibía la venta de plantaciones a extranjeros.

Papa Doc y Baby Doc
En 1957 François Duvallier, Papa Doc, llega al poder. Comienza el periodo más oscuro de la historia haitiana: el terror de los Tomtom Macut. Dado que no tenían sueldo, estas milicias creadas por el dictador recibían su renumeración a través del saqueo y la extorsión. A su muerte le sucedió su hijo Jean Claude Duvalier, Baby Doc, que fue proclamado presidente vitalicio a los 19 años y que se mantuvo hasta 1986.

La administración norteamericana opinó que era necesaria la presencia de un estado claramente anticomunista para contrarrestar la influencia de la vecina Cuba y apoyó incondicionalmente este estado de terror bajo el que murieron 60.000 personas.

Tras la expulsión del dictador, el FMI hizo un préstamo a Haití por 24,6 millones de dólares, dado que se necesitaban fondos desesperadamente después de que Baby Doc asaltara el tesoro en su huida. A cambio se exigió que Haití redujera los aranceles comerciales que protegían su producción arrocera y agrícola. EE UU fue la principal voz en las decisiones del FMI. El doctor Paul Farmer escribió entonces: “Antes de dos años será imposible para los agricultores haitianos competir con el ‘arroz de Miami’. Todo el mercado de arroz local en Haití se desmoronará cuando el arroz estadounidense, barato y subsidiado o incluso en la forma de ‘ayuda alimentaría’, invada el mercado. Habrá violencia, ‘guerras por el arroz’ y se perderán muchas vidas”.

En 1988 se convocaron elecciones democráticas y meses después se produjo un golpe de Estado y luego otro sumiendo al país en el caos y la inestabilidad. En 1990 Jean Bertrand Aristide y su partido Lavalás ganan las elecciones. EE UU se muestra horrorizado ante este líder populista con un electorado de origen rural. Siete meses después una junta militar apoyada por la CIA, y la antigua Guardia Nacional de Duvalier, dan otro golpe de Estado. El dictador Cedras se mantiene en el poder hasta 1994, año en el que vuelve Aristide apoyado por el entonces presidente Bill Clinton.

Cuando Aristide fue derrocado por el golpe militar en 1991 y la Organización de Estados Americanos declaró un embargo, EE UU anunció que lo violaría para apoyar a las empresas norteamericanas. Cuando se restableció la democracia en 1994, el Banco Mundial apuntó que “el Estado renovado debería enfocarse en una estrategia económica centrada en el sector privado tanto nacional como extranjero”. En el año 2001 Aristide volvió a ganar unas elecciones tachadas de fraudulentas.

Tres años después, el descontento por la corrupción y las bandas hicieron estallar violentas revueltas. Muchas de las bandas paramilitares que desestabilizaron al gobierno de Aristide fueron armadas por EE UU con dólares de la National Endowment Development (NED), un fondo del gobierno destinado a “promover la democracia”. En 2004 el mismo mandatario haitiano que había sido reinstalado por un presidente norteamericano fue depuesto por otro, con el apoyo francés. Desde entonces la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití (MINUSTHA), ha tratado de “pacificar” el país.

Pobreza extrema
Si bien es cierto que los secuestros, muertes y violaciones han descendido desde entonces, la situación de los haitianos no ha mejorado mucho. El 78% de la población vivía con menos de dos dólares por día, mientras que la tasa de desempleo alcanzaba el 70%. El 86% de territorio está desforestado, lo que convierte a este antiguo vergel caribeño en un desierto donde apenas se puede cultivar en el resto del 3% de tierra fértil.

El pasado año tuvo lugar en Washinton la Asamblea de Donantes para Haití que tras las tormentas tropicales del 2008 (que causaron 800 muertos y 1.000 millones en daños) decretó una ayuda de 335 millones de dólares. En mayo el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, nombró a Bill Clinton como su nuevo enviado especial para Haití. Su misión, estimular las inversiones extranjeras en el país.

Recientemente el consejo de Seguridad de la ONU extendió el mandato de la misión hasta el 15 de octubre de 2010, con “la intención de renovarlo de nuevo”. Para “enfrentar los desafíos del proceso de estabilización y consolidar la estabilidad”.

El terremoto es una tragedia descomunal que se une a las desgracias de un pueblo que no ha dejado de luchar por su libertad.

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