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935 mentiras para justificar la guerra de Iraq

BALANCE | SÉPTIMO ANIVERSARIO DE LA INVASIÓN

En marzo se cumplen siete años de la invasión de Iraq, una operación decidida en 2001 y sostenida por una gigantesca mentira. Ahora se empieza a conocer la historia completa de una guerra que ha provocado cientos de miles de muertos.

 

Roberto Montoya, Madrid

Miércoles 10 de marzo de 2010.  Número 121
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LA CUMBRE DE LAS AZORES. Días antes de iniciar la invasión de Iraq, Bush, Blair y Aznar se reunieron en las islas portuguesas con Durão Barroso como anfitrión.

“La guerra es de vital importancia para el Estado; es el dominio de la vida o de la muerte, el camino hacia la supervivencia o la pérdida del Imperio: es forzoso manejarla bien”. No es una frase del frustrado aspirante a César del siglo XXI, George W. Bush, pero lo parece. Fue escrita hace cerca de 2.500 años, por el clásico chino Sun Tzu, en El arte de la guerra. Aquel gran autor militar hablaba también del engaño como elemento fundamental en un conflicto bélico.

Bush junior parece haber leído e inspirado especialmente en esa parte. Es verdad que de las políticas de varios de sus predecesores, empezando por Woodrow Wilson en 1916, tenía bastante para aprender en relación al engaño, a la propaganda de guerra, a cómo se prepara a una población, y más aún, a una opinión mundial, para llegar a ver la guerra contra un determinado país como “inevitable”. Él lo tenía más fácil que nadie, en su propio hogar le podían decir cómo hacerlo, ya que sólo 13 años antes, en 1990, lo había hecho su propio padre, George Bush senior, y en el mismo escenario, en Iraq. La llamada Guerra del Golfo, la primera contra Sadam Husein, fue precedida, al igual que la que la segunda, de una meticulosamente preparada ola de mentiras (ver recuadro).

Sadam Husein, el hombre al que visitaba en 1983 en Bagdad Donald Rumsfeld, entonces enviado especial de Ronald Reagan; el hombre al que se financió y armó para que declarara la guerra contra la naciente república islámica iraní, había demostrado su incapacidad para ocupar el rol que EE UU necesitaba en la zona y había que acabar con él y desmontar su poder. Toda mentira era válida para ello. Una gran operación mediática se puso en marcha.

Las agencias de noticias escupían decenas de teletipos por hora, repetidos por las grandes cadenas de TV estadounidenses y de todo el mundo, con alarmistas declaraciones de altos cargos del Pentágono que vaticinaban que si no se actuaba con rapidez, Sadam sería imparable. Con ese bombardeo mediático en el que no se escatimaron gastos ni falsos testigos ni fotografías obtenidas por satélites militares manipuladas, decenas de países secundaron a EE UU y Reino Unido para armar la más poderosa coalición militar vista desde la II Guerra Mundial.

Cientos de miles de muertos después, y tras dejar el hasta entonces desarrollado Iraq devastado, las tropas de EE UU y sus aliados se retiraron, al no encontrar una alternativa para sustituir a Sadam Husein, no sin dejar de someter a Iraq a un cruel embargo durante los 12 años siguientes… hasta enlazar con la nueva guerra, en 2003.

El 11-S daría una nueva oportunidad a los Bush para hacerse con el control de uno de los productores de petróleo más importantes del mundo. George W. Bush junior estaba tan obsesionado por terminar la faena que había dejado inconclusa su padre que en su primera rueda de prensa al asumir el poder en 2001 arremetió contra Iraq. Y tras el 11-S se sacaría de la manga “nuevas pruebas” que ligaban a Sadam con al- Qaeda y con mortíferas armas de destrucción masiva.

Desde dentro de la Casa Blanca En su libro Plan de Ataque, el periodista del Washington Post Bob Woodward relata un encuentro entre George Bush junior y Donald Rumsfeld el 21 de noviembre de 2001, sólo un mes y medio después de haberse iniciado la guerra contra Afganistán, en el que el presidente reclamó a su secretario de Estado que actualizara el plan de ataque contra Iraq. A partir de ese momento se ponía en marcha el complejo plan militar, compuesto por múltiples elementos militares, logísticos, económicos, políticos y diplomáticos, mientras se preparaba una gran maquinaria mediática para poder ablandar progresivamente el terreno, en espera del momento oportuno para iniciar la guerra.

En 2008, el ex portavoz de la Casa Blanca Scott McClellan, publicaba a su vez el libro Lo que ocurrió en la Casa Blanca de Bush y la cultura de engaño de Washington, en el que aseguraba que “por el verano de 2002, los asesores de Bush lanzaron una campaña cuidadosamente orquestada para promover agresivamente la guerra”. “En una época de campaña permanente, todo se basó en un intento de manipulación de las fuentes de opinión pública para ventaja del presidente”, según McClellan.

La suerte de Sadam ya estaba echada, aunque la guerra no se iniciaría hasta un año y cuatro meses más tarde. Paralelamente a la comisión de la verdad que investiga actualmente en Londres el papel del Reino Unido en la guerra, en Holanda una comisión similar reconoció en enero pasado que la decisión de secundar a EEUU y Reino Unido “se tomó en los despachos del Ministerio de Asuntos Exteriores ya en 2002” y que a partir de entonces sólo se difundieron las informaciones de los servicios secretos que justifican esa operación contra Bagdad. En 2003 Holanda aportó 1.100 soldados a la guerra.

El sitio web de The Center for Public Integrity (www.publicintegrity. org) publicó en 2008 una minuciosa relación de las mentiras probadas en relación a Iraq dichas por George W. Bush y siete de los más altos cargos de su Administración, entre ellos, Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Condoleezza Rice o el falso ‘paloma’ Colin Powell, desde poco después del 11-S hasta bien entrada la guerra. Y recogieron nada menos que 935 mentiras. En este trabajo recopilatorio se detalla, por ejemplo, que Bush hizo a sabiendas 232 declaraciones falsas sobre las armas de destrucción masiva y otras 28 sobre las supuestas relaciones de Iraq con al-Qaeda. La construcción de una poderosa bomba nuclear por parte de Sadam era algo inminente, aseguraban diariamente portavoces del Pentágono, del Departamento de Estado y la Casa Blanca, aseveraciones que eran repetidas sin matiz alguno por Tony Blair, José María Aznar y el resto de cómplices.

En septiembre de 2002 el Congreso aprobaba por amplia mayoría el uso de la fuerza contra Iraq. De nada valían los informes sobre el terreno de los cientos de expertos de la ONU dirigidos por Hans Blix, en los que se aseguraba que Iraq no contaba con la capacidad armamentística que se le adjudicaba, que gran parte de su arsenal había sido destruido en la Guerra del Golfo y que los constantes controles a los que era sometido imposibilitaban el desarrollo de armas de destrucción masiva.

EE UU y Reino Unido, bendecidos por sus amigos de las Azores, iniciaron los demoledores bombardeos contra Iraq el 20 de marzo de 2003. Todas las mentiras posteriores que urdieron para asegurar que se habían encontrado restos de armas de destrucción masiva se cayeron rápidamente. El mundo entero tomaba conciencia del gran engaño, de cómo nuevamente Estados Unidos, junto a muchos cómplices, volvían a demoler un país justificándolo en una falsa terrible amenaza contra la humanidad.

En Estados Unidos son innumerables los datos aparecidos en los últimos años en los que se prueba de manera irrefutable cómo los servicios de inteligencia facilitaron pruebas y acusaciones falsas a la carta a la Administración Bush, para que esta pudiera dar fuerza a sus declaraciones alarmistas y con ellas justificar la inevitable guerra. Sin embargo, ninguna de esas informaciones han obtenido una cobertura mediática semejante a las que tuvieron las mentiras vertidas en su momento que conmovieron al mundo.

¿Qué interés tiene eso ahora?, se preguntan los directores de los medios, relegando esas informaciones a un secundarísimo plano, para regocijo de los responsables de esos crímenes, envueltos en su cálido manto de impunidad.

Artículos relacionados en este número

¿Se puede juzgar a Aznar por la guerra de Iraq? por María José Esteso Poves.
Una comisión oficial compromete a Tony Blair por Ástor Díaz-Simón
Lo que queda de Iraq por Olga Rodríguez.

21 DE NOV. 2001 Un mes y medio después de iniciarse la guerra contra Afganistán, la administración de Bush actualiza el plan de ataque contra el Iraq de Sadam Husein. Se pone en marcha la maquinaria de guerra.
23 DE JULIO DE 2002 Reunión del gabinete Blair. Se discute en términos confidenciales la estrategia para vender la invasión a la opinión pública sobre la base de las armas de destrucción masiva, sin mencionar directamente el cambio de régimen, que no estaba contemplada por las leyes internacionales.
VERANO DE 2002 Los asesores de Bush lanzan una campaña para convencer a la opinión pública. En septiembre de 2002, el Congreso aprueba por amplia mayoría el uso de la fuerza contra Iraq. Los informes dirigidos por Hans Blix son ignorados por completo.
22 DE FEBRERO 2003 Reunión entre Bush y Aznar en el rancho de Crawfod, Tejas. Durante una larga conversación privada, Bush dejó claro que había llegado el momento de deshacerse de Sadam: “En dos semanas estaremos militarmente listos. Estaremos en Bagdad a finales de marzo”.
16 DE MARZO DEL 2003. Reunión de las Azores entre los máximos mandatarios de EE UU, Reino Unido, España y Portugal, para lanzar el último aviso a Iraq (pese a que la invasión estaba decidida dos años antes) y fijar la fecha del inicio del ataque aéreo a Bagdad.
20 MARZO DE 2003 Inicio de la guerra de Iraq. Los efectos: según el Ministerio de Salud iraquí, 151.000 muertes violentas de 400.000 muertes debidas a la guerra. Según el periódico Lancet, 601.027 muertes violentas. Según Opinion Research Business, un millón de muertes violentas por el conflicto.

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